Negocios Industriales

Sueños rotos

Sueños rotos

Puedes culpar a la mala suerte, a tus padres, a tu pareja, incluso a un hijo, al destino o a cualquier persona que se te haya cruzado por el camino y que consideres que con una mirada te saló la vida. Culpa a quien desees, pero al final fueron tus decisiones. Elegiste hacerle caso a la familia o amigos en lugar de a tu corazón, no los culpes a ellos, el verdadero culpable tiene nombre y apellido, los cuales están grabados en tu acta de nacimiento.

Hoy te voy a contar la historia de Saúl, el hombre que siempre tenía a quien culpar por todas y cada una de sus decisiones, el joven que culpa a sus padres por haberlo obligado a estudiar algo que no deseaba, el muchacho de mirada triste que va todos los días a su empleo sin el deseo de superarse, simplemente quiere cumplir con su trabajo, volver a casa y disfrutar de lo que tanto le apasiona. Abre la puerta de su hogar, saca una cerveza del refrigerador o si el día fue muy pesado saca la botella de tequila y un caballito, busca el libro con el separador gris que significa que es el que está leyendo y se adentra en la historia. Pasan dos horas y lo cierra, hay veces que no se da cuenta del tiempo, quedó atrapado en el mundo fantástico del autor y se va a dormir a altas horas de la madrugada. Cuando aún no es tan tarde, abre su laptop y comienza a teclear, a veces no tiene ni idea de lo que escribe, simplemente imagina una historia y comienza a contarla. Guarda el archivo, el cual jamás irá a una impresora o una imprenta como siempre soñó. Al día siguiente, debe levantarse muy temprano para irse a una de las naves industriales en México de mayor renombre para realizar sus labores como ingeniero en infraestructuras. Se enfoca en su trabajo, no para terminarlo, sino para que las horas se consuman tan rápido como una bocanada al cigarrillo, se imagina que su vida es eso, papel, filtro y tabaco que se van consumiendo hasta morir.

“Mi papá quería que fuera ingeniero, quería que tuviera una carrera con futuro. Los libros no te dejan nada bueno, y menos dinero. Mi madre nunca me defendió y menos me apoyó”, es el pretexto que siempre ronda su cabeza. “Simplemente cumplí las órdenes de mi padre”, agrega. A fin de cuentas, yo, Saúl, no quise seguir mi sueño. Comencé a tener una vida de confort con el beneplácito de mis padres, vivía en mi zona de confort y ahí estaba a gusto, al menos físicamente, porque mi mente siempre estaba en mundos imaginarios que por las noches plasmo en un documento de Word, el cual no creo lleguen a ver la luz del día. Mi padre tenía razón, es muy difícil vivir de las letras. ¿O no?

Ayer un amigo leyó algunas de mis historias y dijo que eran buenas, no le creí hasta que mencionó que tiene un amigo trabajando en una editorial y se los iba a mostrar, pero antes tenía que protegerlos para que no se los robaran. Quizá sea hora de intentar coser mis sueños rotos y usarlos como alas para volar al mundo en el que siempre me imaginé. Sólo quizá…