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La joven que buscaba el hilo rojo

La joven que buscaba el hilo rojo

Los japoneses crearon una leyenda en la que dicen que todas las personas tienen atado a su dedo meñique un hilo rojo que se une a otra persona con la que están predestinados a encontrarse. Es tan rojo como invisible, para dificultarnos la misión de estar lo antes posible con nuestra media naranja. Si fuera visible el mundo sería una gran telaraña roja y todos seguirían el listón como una cuerda guía para salir de la soledad y encontrarse con su felicidad. Es una forma de pensar muy bella, pero hay personas que tan obsesionadas con encontrar el amor que esta historia las motiva a encontrar su hilo rojo.

En una zona conocida como Departamentos Condesa vive una joven llamada Laura, que ha llorado más por amor que disfrutarlo, piensa que tiene tanta mala suerte que todo lo que toca lo marchita, a la inversa del Rey Midas. Una noche al llegar a su hogar se topó en internet con el mito del hilo rojo, quedó tan fascinada que su nueva misión en esta vida era encontrar a la persona a la que estuviera atada. ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Cómo iba a ver algo invisible? ¿Cómo podía creer en una leyenda? Así de compleja es la mente humana y así de poderosa puede ser la obsesión por el amor, que se aviva con cada rechazo y decepción.

Visitó tiendas japonesas donde vendían el tan nombrado hilo rojo con oraciones, que funcionaban, según, para atraer las fuerzas de amor y unirte con la pareja indicada, además de inciensos y otros objetos de la suerte. Pero eso no era suficiente para ella, así que, además de realizar todos los rituales posibles, se ató a su dedo meñique un hilo rojo de gran longitud, metro y medio aproximadamente. Y así caminaba diario por las calles, con un hilo en su dedo y en el suelo se arrastraba la otra parte que terminaba con un nudo en forma de anillo.

Los transeúntes la veían con extrañeza, muchos se burlaban y otros ponían cara de curiosidad, intentando descifrar a aquella pobre muchacha. Nadie se detenía a cuestionarla, era como un bicho raro. Para mí era alguien que luchaba contra la desesperanza y mantenía vivos sus ánimos de encontrar a su complemento. Iba al trabajo con su hilo rojo, al súper, a las fiestas, bares, a todas partes. Sólo para dormir se lo quitaba, supongo que creía que nadie entraría a su casa.

Pero para todo roto hay un descocido. Sólo un hombre como yo, con el corazón destrozado por la vida se atrevería a seguir a la joven, pensando en si debe o no agacharse a recoger el hilo rojo, su mente lo duda, su cuerpo no se anima y su corazón late más rápido para convencerlo. Seis calles después el tiempo se hace lento y en ‘slow motion’ se agacha, toma el hilo rojo, la mujer siente el tirón en su mano y cuando voltea me ve a mí, midiéndome el listón en el meñique. Somos dos almas solitarias en busca de compañía y así, con una leyenda japonesa y una locura digna de ser contada, iniciamos una nueva historia de amor.