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El hombre que observa

El hombre que observa

No hay día que las cortinas de mi vecino de enfrente se entreabran y se vea parte del rostro de un hombre que observa a los chicos que se dirigen a la escuela, cuando vienen de regreso, cuando salen a jugar un partido de futbol callejero. Incluso lo he llegado a ver por las noches, cuando la ciudad está vacía y parece observar el cielo estrellado. No sé por qué lo hace, hay ocasiones en las que creo que es algún pervertido eligiendo a su presa o un secuestrado analizando el entorno. Pero otras sólo creo que es alguien solitario, que quiere salir al mundo pero el miedo le impide socializar. No lo sé.

Hubo una semana en la que varios chicos de mi colonia se enfermaron debido a un brote de varicela, por lo que nos teníamos que quedar en casa, fue una de esas tardes mientras combatía la comezón y las ganas de rascarme hasta arrancarme la piel que el sonido de una ambulancia se intensificaba mientras se iba acercando a mi casa. El vehículo se detuvo en la casa de mi vecino de enfrente, salieron algunos paramédicos con una camilla y entraron por la puerta. Minutos después salieron con un cuerpo voluminoso en la camilla, no podía verlo, estaba cubierto con una capucha que me impedía verle el rostro, pero uno de sus ojos estaba abierto, era el mismo que nos observaba día, tarde y noche. Reconocí que se trataba del hombre que observa. Pero no era un hombre, parecía un niño grandote. Lo subieron a la ambulancia y una pareja ya mayor salió detrás para acompañarlo en la parte trasera de la ambulancia.

El tiempo pasó, los que caímos en las garras de la varicela nos recuperamos y decidí preguntarle a mi madre sobre el hombre o niñote de enfrente. Ella me dijo que no me preocupara, que es un jovencito de 15 años, mi edad, que tiene problemas de salud y sus abuelos no quieren que salga. Su madre falleció cuando él nació y su padre sólo lo cuidó por dos años antes de abandonarlo con sus abuelos. Al ser de mi edad quise conocerlo, quizá más por el morbo que por una buena causa. Así que me dirigí a su casa y sus abuelos me impidieron el paso. Les dije que traía un pay de limón para compartir. Con dudas en la mente me dejaron pasar.

Al verlo casi suelto un grito, pero me contuve, sabiendo que esto podría espantarlo. Así que sólo sonreí y le dije que traía un poco de comida para compartir. Tenía el rostro desfigurado, con bolas en pómulos y parte del cuello, los labios chuecos y sufría de sobrepeso. Conforme me contó su historia me sentía muy mal, sentía que lo tenían en cautiverio como si fuera un animal, y todo porque conocen como somos los adolescentes de estos tiempos, que nos burlamos de las desgracias ajenas. Así que entendí el problema de sus abuelos de decidir si salía o no, por lo que yo iba a visitarlo frecuentemente y lo motivaba a ir a la calle. Pero como era previsto por sus abuelos, muchos jovencitos, como diría mi mamá, se burlaron de él y lo molestaban, así que yo entraba a defenderlo, incluso me iba a los golpes con quien se atreviera a burlarse. Me gané un par de puntadas, moretones y que me saliera mucha sangre, pero valió la pena, pues ya salía diario, logró entrar a la escuela y se animó a defenderse, muchos ya lo respetaban e incluso ganó varios amigos.